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Rescate Psicológico en el Torrent de Pareis

Estaba en Mallorca, ilusionado con descender el Torrent de Pareis. Significaba adentrarme en una nueva zona natural por descubrir y, por lo que había leído, parecía ser toda una aventura. Me habían recomendado prudencia, pero en esta época del año (verano) no parecía ser necesario un equipamiento especial, ni cuerdas, así que preparé la mochila con agua y comida, un botiquín, la navaja, el gps y la cámara de fotos pequeña, alguna camisa de recambio y poco más. La buena o mala preparación de una ruta es la clave para disfrutarla o bien no poder completarla, cuando no algo más serio. Así que esperaba haberlo hecho bien.

Tenía un cierto respeto. Había leído que no conviene descender el Torrente sin un guía experimentado, y sólo en época estival, sin lluvia. Por lo visto todos los años hay incidentes y se han de realizar rescates. También me sorprendía que para hacer una ruta de sólo 8 Km. (y todos de bajada), la duración estimada fuese de 4 horas. Una media de 2 km/h en un descenso significa que iba a ser dura.

Otra cuestión a pensar era la logística, ya que el coche se deja en un punto y volver a él puede ser complicado. Ruth, que había hecho esta ruta unos meses, antes me comentó que había autobuses de regreso, pero sólo hasta una hora relativamente temprana, como las 5 o las 6 de la tarde. Debería haber revisado esta información, pero no lo hice. Pensé que, en el peor de los casos, podría hacer auto-stop de regreso hasta la carretera, por lo que dejé el coche en la unión de carretera principal de la Sierra con la bajada a Sa Calobra. Esto supondría hacer unos 3,5 kms adicionales, aproximadamente una hora más, pero me facilitaría el regreso.

Este recorrido inicial es por carretera. Aunque los coches no van deprisa, hay que tener cuidado con los autobuses, que llevan grandes cantidades de turistas a la cala de Sa Calobra, al final del Torrent. Desde allí, muchos toman un barco hasta el Puerto de Sóller, o viceversa.

Ya cerca del inicio de la ruta hay un mirador con una vista impresionante, desde el que se aprecia un gran corte en la montaña. Es la zona superior del Torrent. En un rato estaría allí abajo.

El cañón desde arriba

Corte del Torrent de Pareis, desde un mirador

En Escorca hay un cartel, un tanto deteriorado en el que se aprecian algunas advertencias de seguridad, como llevar agua suficiente por el peligro de deshidratación, o llevar neopreno en invierno. También se advierte de que la duración de la ruta es de unas 4-5 horas. Está bien este aviso, ya que es una última advertencia de no entrar en él si no se va bien preparado.

A los pocos minutos de cruzar la vaya, el camino comienza a bajar en las estribaciones del cañón. El descenso se realiza por un camino bien marcado y pedregoso. La inclinación se hace cada vez más pronunciada y el camino es un zigzagueo continuo hasta llegar al torrente. Debido al zig zag, hay posibilidades de “atajar” descendiendo verticalmente, pero eso no era demasiado bueno para mis rodillas, así que opté por evitarlo. Conforme vas descendiendo, el calor se va incrementando, debido a la altitud, a que va avanzando el día y a que el interior está protegido del viento.

 

La pendiente aumenta progresivamente, por lo que comenzaba a entender la baja velocidad media de 2 km/h. Aún así estaba contento porque me estaba acercando a buen ritmo a la base del torrente e imaginaba, equivocadamente, que a partir de ese momento la ruta sería mucho más sencilla, (hasta el momento estaba descendiendo una de las paredes del cañón, por lo que el torrente sería más sencillo). Acertaba en lo del ángulo de descenso, pero no sabía cuánto me equivocaba respecto a la complejidad, ya que lo difícil empieza allí abajo.

Descenso hacia el Torrent

El descenso es muy vertical, con múltiples "Zetas" en el camino

El cauce del Torrent parece fácil cuando llegas a la base, ya que la parte que aparece a la vista es llana y sin grandes piedras. Al girar a la izquierda, para adentrarte en él, las rocas que ves ya son mucho mayores. Es el comienzo de un sorprendente caos pétreo, que va ganando en belleza conforme te adentras en el cañón.

En esta zona el camino es aún fácil de seguir y transcurre a la izquierda del cauce, sorteando dificultades y atravesando una zona de vegetación alta, que nos lleva a la primera impresionante pared volada, causada por la erosión del torrente durante miles y miles de años.

No pasa mucho tiempo en el interior del cauce para que las paredes a derecha e izquierda se acerquen la una a la otra y se hagan más impresionantes, haciéndote sentir cada vez más pequeño, a la vez que el camino se vuelve difícil de seguir. Las marcas no siempre están claras y progresivamente hay que ir superando obstáculos de mayores dimensiones.

Después de un buen rato caminando por el lecho del río, miras atrás y piensas, mejor no tener que volver por ahí. Sigues adentrándote y la paredes, completamente verticales a izquierda y derecha te van sobrecogiendo y trasladando a otro mundo. No queda nada de la turística isla de Mallorca, sólo hay silencio, un silencio que impresiona, paredes que no te permiten ver más que una delgada línea del cielo y rocas enormes que has de ir sorteando de la forma más correcta posible para no meterte en un problema… como parecía, es una buena aventura.

Lo estaba disfrutando. cada lugar que iba atravesando era un monumento de la Naturaleza, un regalo para la vista, y para el espíritu.

El calor era importante, pero tenía (al menos eso creía) suficiente, así que iba bebiendo, con frecuencia y comiendo algunos frutos secos.

En un momento escuché un ruido que no provenía de mis pasos, me causó sorpresa. El silencio había sido tal hasta ese momento, que se hacía raro escuchar algo allí abajo. Después de algún tiempo descubrí que se trataba de una cabra. Nos miramos extrañados antes de seguir cada uno por su lado.

Algunos pasos resultan algo expuestos. En la roca se han tallado algunas zonas de forma que esta fuese menos resbaladiza, pero había algunos saltos y pasos que deben hacerse con cuidado. También se ven algunas chapas y reuniones para colocar una cuerda, pero yo no llevaba (ni es necesaria si no hay agua).

Empezaba a notar algo el esfuerzo en las rodillas, y los efectos del calor. Había perdido la señal del GPS dado la estrechez del torrente, pero estimaba que iba a buen ritmo y que tardaría menos de 4 horas en completar el recorrido, pese a las paradas para hacer fotos.

Cuando llevaba algo más de 3 horas de ruta comencé a escuchar otro extraño sonido. Al cabo de unos minutos pude distinguir que eran conversaciones y alguien quejándose. Las quejas más tarde me parecieron lloros. No entendía las conversaciones pese a estar cada vez más cerca.

Al atravesar un angosto paso entre una gran roca y la pared me los encontré…

Se trataba de una familia de alemanes. Lo primero en lo que me fijé fue en una niña, de unos 15-16 años, con los ojos enrojecidos y llorando. Después vi a los padres, de unos cuarenta, y un niño, de una edad similar a su llorosa hermana y otra niña, más pequeña. Quizás de unos 12 años.

Traté de valorar rápido qué estaba ocurriendo. El padre parecía estar perfectamente, se le notaba deportista. La madre no estaba tan bien, parecía algo cansada. La niña mayor estaba claramente fuera de sí, con algún tipo de ataque de ansiedad o pánico y los otros dos niños parecían estar tranquilos, no sabía si cansados o no.

Comencé a hablar con ellos en inglés, para indagar sobre su situación. Me comentaron que hacía 6 horas que habían salido (en el recorrido que habían hecho yo había tardado unas 2), así que entendí que probablemente sí tenían un problema serio. Les pregunté si tenían agua y comida. Me dijeron que sí, mostrándome una botella con menos de un litro de agua. Imaginé que en realidad tampoco iban muy sobrados de comida. Creían estar a una hora del final de la ruta.

Pensé que tenían que comprender bien la situación y les comenté que estaban a un mínimo de dos horas de acabar, y manteniendo un ritmo aceptable de marcha. Al decirlo, la niña volvió a ponerse a llorar.

Les comenté que me gustaría acompañarles. Casi sin agua ni comida, cansados como se les veía, y con la niña en pánico, era imprescindible que les acompañase, pero preferí sugerírselo para que no se viesen demasiado presionados.

El padre pareció dudar, pero la madre le hizo un sutil gesto, y aceptaron mi propuesta.

En primer lugar me dirigía a la niña de los llantos y le dije que no se preocupase, que todo estaba bien, que aún habría que caminar algún tiempo, pero que no debía preocuparse. Le di agua y bebió. Creo que conseguí tranquilizarla ligeramente, ya que del llanto pasó a sólo gemidos. Se llamaba Lola.

Nos pusimos todos en marcha. En los tramos más complejos de orientación entre las piedras me ponía en primera posición, para buscar los mejores pasos. Cuando el tramo era sencillo me quedaba más atrás, principalmente con Lola o con la madre.

Los otros niños más pequeños, Felix y Hanna, no tenían el más mínimo problema y se desenvolvían perfectamente por las rocas, al igual que el padre, Carsten. Sin embargo, la madre, Utta, conforme avanzábamos estaba peor, extremadamente cansada. Era incapaz de caminar recto, tambaleándose, con los brazos caídos y el cuello encogido.

En un charca, tras una hora caminando, les dije que hiciésemos un descanso. Tras dar algo más de agua a los niños, obligué Utta a beberse todo el agua que me quedaba y a comer un sandwich y algunos frutos secos. Le mojé la cabeza y el cuello con una camiseta que llevaba de repuesto y descansó un poquito.

 

Familia al límite

Tuvimos suerte, ya que mejoró bastante su estado. Si no lo hubiese hecho no habría podido llegar al final del Torrent.

Aunque Lola seguía teniendo breves “ataques” de ansiedad, con lloros incluidos, le cogía de la mano y la llevaba un tramo así, hasta que se calmaba.

Unas dos horas después del encuentro, el cañón se abrió mucho más y vieron en el GPS (que hasta el momento no había sido capaz de situarse por lo estrecho del cañón) que ya estábamos cerca del final, eso les mejoró el ánimo. Lola incluso comenzó a sonreir…

Al volver un recodo nos encontramos con los primeros turistas, que se acercaban a ver algo del cañón. Uno de ellos era también alemán, e iba con un niño pequeño, de menos de 10 años. Entendí que le preguntaba al padre si se podía hacer la ruta con el niño… Creo que Carsten dijo que no.

El terreno pasó a ser de guijarros sueltos y finalmente vislumbramos el fin del Torrente, y mucha gente. ¡Habíamos llegado!

Lo primero que hicimos fue comprar agua. ¡Qué sed tenían!, bueno, en realidad, ¡Qué sed teníamos!.

Después de beber me acerqué a la parada del bus, y vi que el último había pasado ya hacía rato, así que llamé para pedir un taxi. Dado que iba a tardar al menos una hora, aprovechamos para comer algo en un chiringuito junto al mar.

Después de comer y beber los ánimos habían cambiado completamente, ya se les veía alegres y satisfechos de la aventura vivida.

Aunque no fue realmente un rescate, ya que sólo les di apoyo “psicológico” y seguridad para completar la ruta, tuvieron suerte de que pasase por allí, ya que sin agua ni comida en un día muy caluroso lo habrían pasado mucho peor.

Espero que aprendiesen la lección de que una aventura difícil hay que planificarla mucho mejor.

Cuando llegó el taxi nos despedimos como buenos amigos y me invitaron a visitarles en Berlín. Subí con el padre hasta mi coche y le llevé al suyo, que estaba al comienzo de la ruta, en Escorca.

Para acabar el día, me acerqué al próximo monasterio de Lluc, un bonito y tranquilo lugar que merece la pena visitar y disfrutar.

Monasterio de Lluc

Recomendaciones en la ruta:

  • Dejar el coche en el parking junto al restaurante de Escorca, en donde hay una parada del autobús. Ver previamente los horarios del autobús para regresar al coche (www.autocaresmallorca.com).
  • No hacer la ruta sin guía si no se tiene experiencia en la montaña. Puedes encontrarte en pasos complicados y la ruta en general es muy dura. (Aunque la duración estimada es de unas 4 horas, muchas personas tardan más de 8 horas en completarla). Son frecuentes los accidentes y rescates en este cañón.
  • No hacer la ruta si se prevé lluvia o si ha llovido en los últimos días.
  • Llevar botas de montaña.
  • Llevar agua muy abundante, y comida, incluidos frutos secos.
  • En el interior del cañón no funciona el GPS ni los móviles.
  • ¡Sé prudente!
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En la casa de Dios

Venimos del mar…

Es sorprendente que, pese a los centenares de miles de años de evolución, en cada uno de nosotros aún quedan importantes muestras de que provenimos del mar, pese a que no somos conscientes de ello. Desde el hecho de que la densidad de nuestro cuerpo es prácticamente idéntica a la del mar, nuestra sangre tiene una composición de sales igual a la que se cree era la de los océanos en la que se generó la vida y que en ella hay una importante concentración de sal. Durante nuestra formación humana vivimos 9 meses en el líquido amniotico y un recién nacido se encuentra en su elemento si se le sumerge en agua, posee el reflejo de inmersión y puede realizar la apnea de forma completamente natural. Sólo con sumergirnos en el mar nuestra frecuencia cardiaca se reduce, disminuye la presión sanguínea y el aparato locomotor se relaja. Las personas que realizan el deporte de la apnea pueden experimentar el reflejo de vasoconstricción periférica selectiva, que traslada el oxigeno a las zonas del cuerpo de más lo necesitan, además de la reducción del metabolismo de oxigeno y nos permite sumergirnos a más de 200 metros de profundidad sin oxigeno y tener en esas condiciones un ritmo cardiaco de menos de 10 pulsaciones por minuto. Los médicos han detectado elementos químicos que el cuerpo ha tenido que crear para evitar la deshidratación al haber abandonado el mar, entre otros muchísimos efectos relacionados con nuestra naturaleza originalmente marina.
¿Aún te extraña sentirte tan bien después de un baño?

Los que vivimos lejos del mar, como es mi caso, hemos de sufrir estas carencias mucho más. Espero que llegue el día en el que pueda trasladarme a la costa y vivir en mayor conexión con él. Desde que tengo uso de conciencia sé que el mar es mi elemento, donde  mejor me siento, me transmita a la vez energía, felicidad y paz.

Llevo navegando desde los 13 o 14 años, cuando mi padre compró nuestro primer velero, un 31 pies y unos años más tarde hice la carrera de Marino Mercante. En todos estos años (en el momento de escribir estas líneas tengo 43), he navegado bastante. Sin embargo se me presentaba una ocasión que le imprimía un carácter diferente, más aventurero. Era la primera vez en que cruzaría desde Altea a Formentera navegando en solitario.

La falta de días por la que se caracterizan todas las vacaciones, hacía que hubiese que preparar el barco en poco tiempo. Por suerte mis padres, que viven en Altea, habían hecho la mayor parte del trabajo. Tienen una de las mejores empresas de alquiler de veleros de la zona (por lo bien que tratan a los clientes y por lo cuidado que tienen de los barcos: Altea Vela – http://www.alteavela.com). Habían trabajado bastante en los días previos, sobre todo colocando una “red” en los candeleros del Vatulele, de forma que mi ahijada Gabriela de sólo dos años, la hija de mis grandes amigos Paloma y Nacho, con quienes pasaría la primera parte de las vacaciones, se pudiese mover con seguridad en este velero de 40 pies.
Una vez tuve todo preparado, con los depósitos de agua y combustible completos, la compra de provisiones para bastantes días realizada y arranchada (la idea era dormir en puerto lo menos posible para disfrutar de la Naturaleza y la sensación de libertad que sólo un velero puede transmitir) y revisada por última vez la previsión meteorológica, bajé al barco con una cena especial preparada por mi madre, para iniciar la travesía de unos 15 días por Ibiza y Formentera.

Serían sobre las 20:30h cuando salía por la bocana del puerto de Campomanes. Estando sólo en este barco, el proceso de izado de la mayor es un tanto lento y me llevó algo de trabajo. Tras ello me dirigí a la zona exterior del Peñón de Ifach, lugar donde podría tomar ya el rumbo directo a Formentera.

Hubo suerte y un Levante suave me permitió sacar también el Génova, así que ya estaba navegando a vela rumbo a las Baleares.

La dificultad más importante de navegar en solitario no es el manejo del barco, ya el piloto automático te ofrece cierta libertad de movimientos. El problema es que cualquier despiste o problema que te haga caer al agua, lo que con más tripulación no supondría mucho más que un baño (siempre que alguien te haya visto caer), en estas condiciones implica desaparecer en el mar con casi total seguridad, ya que en el barco no queda nadie para volver a por tí, y este seguirá navegando manteniendo el rumbo marcado…
Una “línea de vida”, que es una cinta que te mantiene unido al barco en caso de caida al agua, me temo que es aún peor solución navegando solo, ya que la velocidad del barco no te permite luchar contra la corriente que este genera, ni subir al mismo y te arrastraría, haciéndote bastante difícil respirar y, te golpearía continuamente con el casco,

Así que el secreto es tener la máxima prudencia al moverte por cubierta para no caer al agua bajo ninguna circunstancia. Desgraciadamente incluso muy experimentados navegantes han desaparecido de esta forma.

Poco después de pasar el Peñón la noche era ya completamente cerrada y no mucho después ví las luces de un extraño barco que se acercaba por babor, un remolcador, arrastrando lentamente algo realmente grande. Con las marcaciones que fui realizando calculé que podría pasar por su proa, aunque algo justo de margen. Lo hice para no tener que realizar lo que sería una lenta maniobra para rodearle. Al irme acercando ví que larguísima hilera de luces que arrastraba, calculaba que habría más de media milla desde la proa del remolcador hasta el final de lo que estuviese arrastrando, correspondía a varias grandes gabarras, unidas la una a la otra, como si se tratase de un tren con varios vagones, separados los unos de los otros. Probablemente me había quedado corto en cuanto a sus dimensiones totales, el “convoy” era enorme.

Poco a poco las luces de la costa van desapareciendo conforme te adentras en el mar. Las últimas en desaparecer son las de las casas en las montañas y, finalmente, las de los faros más importantes, el del Cabo de San Antonio y el de la Nao.

Al final llega un momento en el cual también los faros desaparecen en el horizonte, y me quedo sólo, sólo rodeado de millones de estrellas en un negro cielo, navegando sobre un negro mar. Al desaparecer las referencias, con un poco de imaginación puedes sentirte navegando por el espacio, como si estuvieses en una nave espacial rumbo a alguna de esas estrellas.

Pensándolo bien, no es una situación imaginada, sino que, sin las luces, los sonidos, las construcciones humanas, sin referencia siquiera de montañas, árboles ni nada bajo tus pies, eres, desde un punto de vista, auténticamente consciente de una realidad que nunca o raramente tenemos presente, y es que estamos “navegando” por un universo cuyas dimensiones y contenidos somos absolutamente incapaces de comprender con nuestra mente. Nos pasamos toda la vida navegando por este inimaginable universo, subidos en una enorme “nave” espacial llamada Tierra.

Nadie, ni siquiera los científicos, con los todos los medios tecnológicos de los que disponemos, pueden realizar un calculo aproximado del número de galaxias y estrellas que pueden existir en el universo (y para colmo, todo lo observable y medible, no llega ni siquiera al 4% de la materia y energía que forma el Universo. Según los cálculos, la inmensa mayoría de lo que nos rodea en este universo está formado por una materia y una energía de la que no conocemos absolutamente nada, la “materia y la energía oscura”. Si, de lo que somos conscientes, ese 4% de la materia y energía, aún desconocemos casi todo, y del 96% restante no sabemos nada, probablemente deberíamos ser más humildes y respetuosos en todos los sentidos, como personas y como “humanidad”.

Allí estaba yo (como lo estás tú en este momento, quizás aun no siendo consciente de ello), navegando por las estrellas a cientos de miles de kilómetros por hora. Algunas de ellas me resultan muy conocidas, e incluso tengo la imagen mental de cómo son, de sus fantásticas agrupaciones y formas gracias a las fotos de los telescopios, pero una formación destaca única en el firmamento sobre las demás, la gran vía láctea, nuestra Galaxia. Esta galaxia, gigantesca para nuestra mente, es solo úna más entre miles de millones, separadas entre sí por distancias tremendas, y actúa como un gran árbol que no nos deja ver el bosque), brilla impresionante sobre mi cabeza. Sólo ir de una punta a otra nos llevaría más de 100.000 años si fuesemos capaz de viajar a la velocidad de la luz.

¡Qué espectáculo!, las estrellas me envolvían y comenzó a sonar la canción “God Moving Over the Face of the Waters” de Moby (algo así como “Dios moviéndose sobre la cara de las aguas”), estaba claro, estaba en la Casa de Dios.

Este tipo de situaciones nos lleva a todos a hacernos preguntas “filosóficas”, también yo me puse a pensar en ello, al poco rato ya no pensaba sólo “sentía” el Universo.

Le debemos mucho a la Ciencia, no sólo gracias a ella la medicina ha avanzado como lo ha hecho, permitiéndonos tener una calidad de vida que nuestros antepasados no podrían imaginar, así como en el resto de campos del conocimiento. Pero desde mi punto de vista la gran aportación de la ciencia, por encima de cualquier otra, es que nos ha hecho libres,  como personas y como sociedad (al menos en buena parte del planeta). La Ciencia nos ha liberado de muchísimas supersticiones, personas, organizaciones, estados y en parte religiones, que las han utilzado durante miles de años para de forma consciente, o inconsciente, controlar a las personas y manejarlas a su antojo, recurriendo todo tipo de ideas infundadas y supercherías, auténticas tonterías y mentiras que han supuesto las reglas más estrictas para las vidas de los habitantes del planeta durante siglos y siglos, descraciadamente hasta hoy mismo en algunos lugares del mundo. La ciencia ha derrumbado la mayor parte de estas limitantes ideas y nos ha permitido ser más conscientes de la realidad, no dejarnos engañar (al menos en parte) como lo habían hecho hasta ahora, y ser libres para tomar nuestro propio camino en cuanto a formas de ver la vida, en qué creer y en qué no hacerlo. Tenemos información para no engañarnos a nosotros mismos en muchos aspectos en los que sería fácil caer. ¡Millones de gracias a todas las personas que han dedicado sus vidas a hacernos libres!.

Una de las grandes limitaciones de la historia para la sociedad han sido la mayor parte de las religiones, que han impuesto algunas buenas normas basadas en el respeto y la ayuda a los demás. Han sido útiles porque han permitido tejer un entramado social estructurado y el progreso, pero haciéndonos pagar un importante peaje. Mucho de este esfuerzo, miles de millones de vidas entregadas, ya sea devocionalmente o en guerras religiosas por Dioses en los que ya hace muchísimos años que nadie cree, miles de millones de personas limitadas por el miedo en cuanto a su comportamiento y explusados o asesinados por pensar “lógicamente” y no dejarse llevar por los demás, por tratar de hacer avanzar a sus conciudadanos… y todas las religiones han ido cayendo y desapareciendo.

Incluso pensando en las religiones actuales, me pregunto, en mi limitada capacidad de razonamiento, cómo un Dios como los que nos propone el Catolicismo, el Islam o el Judaismo (por poner los ejemplos más importantes, pero la situación es peor en las sectas), un Dios consciente de nuestras limitaciones como personas, un Dios consciente de lo fáciles de engañar que resultamos por las supersticiones, ideas infundadas, o cualquier buen comunicador que quiera vendernos una idea o producto, y más si está respaldado por los intereses económicos o políticos… Cómo esos Dioses depositan sus bases en algo tan absolutamente abstracto como la “Fé” y pobre de quien no crea en ellos, porque está castigado para toda la eternidad, (severo castigo para alguien que sólo ha cometido el error de tener sus propias creencias, ya sea por sí mismo o por lo que le ha transmitido la sociedad en la que vive). Esto es muy difícilmente sostenible, tanto desde la razón, como desde el “espíritu” ¿no crées?.

Personalmente creo en Dios, creo que, si existe la vida, si existe el Universo es gracias a este Dios, al que no puedo poner nombre, cara ni forma. Dios es la vida, el amor desinteresado, y forma parte de nosotros. Somos seres vivos, quizás el estado más “elevado” que puede tener la materia y siento que Él nos ha dado la vida, y por tanto está en nuestro interior. Por ello probablemente sea posible encontrarlo desde la introspección y desde el amor a los demás, desde la completa humildad.

Lo que te puedo decir es que en ese momento de introspección, navegando bajo las estrellas de ese Universo inabarcable, me sentí en casa de Dios, unido a él y unido a todos.

Perdón si te he aburrido con este rollo, filosófico, científico, religioso. No es mi intención hacer cambiar a nadie en absoluto su forma de ver la vida, sino que quería compartir contigo este sentimiento y que me conozcas un poquito mejor, ya que normalmente no soy muy hablador.

Fuí saliendo poco a poco de experiencia “universal” y fueron apareciendo, ya entrada la madrugada, nuevos faros en el horizonte, destacando el faros del Cabo de Berbería. Posteriormente el amanecer, el tránsito de la oscuridad a la tenue luz azulada que gana intensidad y se va aclarando hasta el impresionante amanecer del Sol (probablemente el primero de los dioses de la historia, ja, ja, ja)

Unos delfines vinieron a darme la bienvenida a Formentera en este gran amanecer. Temprano, con el sol ya calentándome del húmedo frío de la noche en el mar, llegué a la caleta que hay poco antes del Puerto de la Savina, donde me amarré a una boya para darme el primer baño de estas vacaciones en las cristalinas aguas y descansar hasta la llegada de los primeros amigos que vería en estos inolvidables días de vacaciones en los que estaría con Gabriela, Paloma, Nacho, Álex padre e hijo, Lisa, Nicolás y Pilar.

¡Gracias!
Fernando.