Archivo de la categoría: Vela

En la casa de Dios

Venimos del mar…

Es sorprendente que, pese a los centenares de miles de años de evolución, en cada uno de nosotros aún quedan importantes muestras de que provenimos del mar, pese a que no somos conscientes de ello. Desde el hecho de que la densidad de nuestro cuerpo es prácticamente idéntica a la del mar, nuestra sangre tiene una composición de sales igual a la que se cree era la de los océanos en la que se generó la vida y que en ella hay una importante concentración de sal. Durante nuestra formación humana vivimos 9 meses en el líquido amniotico y un recién nacido se encuentra en su elemento si se le sumerge en agua, posee el reflejo de inmersión y puede realizar la apnea de forma completamente natural. Sólo con sumergirnos en el mar nuestra frecuencia cardiaca se reduce, disminuye la presión sanguínea y el aparato locomotor se relaja. Las personas que realizan el deporte de la apnea pueden experimentar el reflejo de vasoconstricción periférica selectiva, que traslada el oxigeno a las zonas del cuerpo de más lo necesitan, además de la reducción del metabolismo de oxigeno y nos permite sumergirnos a más de 200 metros de profundidad sin oxigeno y tener en esas condiciones un ritmo cardiaco de menos de 10 pulsaciones por minuto. Los médicos han detectado elementos químicos que el cuerpo ha tenido que crear para evitar la deshidratación al haber abandonado el mar, entre otros muchísimos efectos relacionados con nuestra naturaleza originalmente marina.
¿Aún te extraña sentirte tan bien después de un baño?

Los que vivimos lejos del mar, como es mi caso, hemos de sufrir estas carencias mucho más. Espero que llegue el día en el que pueda trasladarme a la costa y vivir en mayor conexión con él. Desde que tengo uso de conciencia sé que el mar es mi elemento, donde  mejor me siento, me transmita a la vez energía, felicidad y paz.

Llevo navegando desde los 13 o 14 años, cuando mi padre compró nuestro primer velero, un 31 pies y unos años más tarde hice la carrera de Marino Mercante. En todos estos años (en el momento de escribir estas líneas tengo 43), he navegado bastante. Sin embargo se me presentaba una ocasión que le imprimía un carácter diferente, más aventurero. Era la primera vez en que cruzaría desde Altea a Formentera navegando en solitario.

La falta de días por la que se caracterizan todas las vacaciones, hacía que hubiese que preparar el barco en poco tiempo. Por suerte mis padres, que viven en Altea, habían hecho la mayor parte del trabajo. Tienen una de las mejores empresas de alquiler de veleros de la zona (por lo bien que tratan a los clientes y por lo cuidado que tienen de los barcos: Altea Vela – http://www.alteavela.com). Habían trabajado bastante en los días previos, sobre todo colocando una “red” en los candeleros del Vatulele, de forma que mi ahijada Gabriela de sólo dos años, la hija de mis grandes amigos Paloma y Nacho, con quienes pasaría la primera parte de las vacaciones, se pudiese mover con seguridad en este velero de 40 pies.
Una vez tuve todo preparado, con los depósitos de agua y combustible completos, la compra de provisiones para bastantes días realizada y arranchada (la idea era dormir en puerto lo menos posible para disfrutar de la Naturaleza y la sensación de libertad que sólo un velero puede transmitir) y revisada por última vez la previsión meteorológica, bajé al barco con una cena especial preparada por mi madre, para iniciar la travesía de unos 15 días por Ibiza y Formentera.

Serían sobre las 20:30h cuando salía por la bocana del puerto de Campomanes. Estando sólo en este barco, el proceso de izado de la mayor es un tanto lento y me llevó algo de trabajo. Tras ello me dirigí a la zona exterior del Peñón de Ifach, lugar donde podría tomar ya el rumbo directo a Formentera.

Hubo suerte y un Levante suave me permitió sacar también el Génova, así que ya estaba navegando a vela rumbo a las Baleares.

La dificultad más importante de navegar en solitario no es el manejo del barco, ya el piloto automático te ofrece cierta libertad de movimientos. El problema es que cualquier despiste o problema que te haga caer al agua, lo que con más tripulación no supondría mucho más que un baño (siempre que alguien te haya visto caer), en estas condiciones implica desaparecer en el mar con casi total seguridad, ya que en el barco no queda nadie para volver a por tí, y este seguirá navegando manteniendo el rumbo marcado…
Una “línea de vida”, que es una cinta que te mantiene unido al barco en caso de caida al agua, me temo que es aún peor solución navegando solo, ya que la velocidad del barco no te permite luchar contra la corriente que este genera, ni subir al mismo y te arrastraría, haciéndote bastante difícil respirar y, te golpearía continuamente con el casco,

Así que el secreto es tener la máxima prudencia al moverte por cubierta para no caer al agua bajo ninguna circunstancia. Desgraciadamente incluso muy experimentados navegantes han desaparecido de esta forma.

Poco después de pasar el Peñón la noche era ya completamente cerrada y no mucho después ví las luces de un extraño barco que se acercaba por babor, un remolcador, arrastrando lentamente algo realmente grande. Con las marcaciones que fui realizando calculé que podría pasar por su proa, aunque algo justo de margen. Lo hice para no tener que realizar lo que sería una lenta maniobra para rodearle. Al irme acercando ví que larguísima hilera de luces que arrastraba, calculaba que habría más de media milla desde la proa del remolcador hasta el final de lo que estuviese arrastrando, correspondía a varias grandes gabarras, unidas la una a la otra, como si se tratase de un tren con varios vagones, separados los unos de los otros. Probablemente me había quedado corto en cuanto a sus dimensiones totales, el “convoy” era enorme.

Poco a poco las luces de la costa van desapareciendo conforme te adentras en el mar. Las últimas en desaparecer son las de las casas en las montañas y, finalmente, las de los faros más importantes, el del Cabo de San Antonio y el de la Nao.

Al final llega un momento en el cual también los faros desaparecen en el horizonte, y me quedo sólo, sólo rodeado de millones de estrellas en un negro cielo, navegando sobre un negro mar. Al desaparecer las referencias, con un poco de imaginación puedes sentirte navegando por el espacio, como si estuvieses en una nave espacial rumbo a alguna de esas estrellas.

Pensándolo bien, no es una situación imaginada, sino que, sin las luces, los sonidos, las construcciones humanas, sin referencia siquiera de montañas, árboles ni nada bajo tus pies, eres, desde un punto de vista, auténticamente consciente de una realidad que nunca o raramente tenemos presente, y es que estamos “navegando” por un universo cuyas dimensiones y contenidos somos absolutamente incapaces de comprender con nuestra mente. Nos pasamos toda la vida navegando por este inimaginable universo, subidos en una enorme “nave” espacial llamada Tierra.

Nadie, ni siquiera los científicos, con los todos los medios tecnológicos de los que disponemos, pueden realizar un calculo aproximado del número de galaxias y estrellas que pueden existir en el universo (y para colmo, todo lo observable y medible, no llega ni siquiera al 4% de la materia y energía que forma el Universo. Según los cálculos, la inmensa mayoría de lo que nos rodea en este universo está formado por una materia y una energía de la que no conocemos absolutamente nada, la “materia y la energía oscura”. Si, de lo que somos conscientes, ese 4% de la materia y energía, aún desconocemos casi todo, y del 96% restante no sabemos nada, probablemente deberíamos ser más humildes y respetuosos en todos los sentidos, como personas y como “humanidad”.

Allí estaba yo (como lo estás tú en este momento, quizás aun no siendo consciente de ello), navegando por las estrellas a cientos de miles de kilómetros por hora. Algunas de ellas me resultan muy conocidas, e incluso tengo la imagen mental de cómo son, de sus fantásticas agrupaciones y formas gracias a las fotos de los telescopios, pero una formación destaca única en el firmamento sobre las demás, la gran vía láctea, nuestra Galaxia. Esta galaxia, gigantesca para nuestra mente, es solo úna más entre miles de millones, separadas entre sí por distancias tremendas, y actúa como un gran árbol que no nos deja ver el bosque), brilla impresionante sobre mi cabeza. Sólo ir de una punta a otra nos llevaría más de 100.000 años si fuesemos capaz de viajar a la velocidad de la luz.

¡Qué espectáculo!, las estrellas me envolvían y comenzó a sonar la canción “God Moving Over the Face of the Waters” de Moby (algo así como “Dios moviéndose sobre la cara de las aguas”), estaba claro, estaba en la Casa de Dios.

Este tipo de situaciones nos lleva a todos a hacernos preguntas “filosóficas”, también yo me puse a pensar en ello, al poco rato ya no pensaba sólo “sentía” el Universo.

Le debemos mucho a la Ciencia, no sólo gracias a ella la medicina ha avanzado como lo ha hecho, permitiéndonos tener una calidad de vida que nuestros antepasados no podrían imaginar, así como en el resto de campos del conocimiento. Pero desde mi punto de vista la gran aportación de la ciencia, por encima de cualquier otra, es que nos ha hecho libres,  como personas y como sociedad (al menos en buena parte del planeta). La Ciencia nos ha liberado de muchísimas supersticiones, personas, organizaciones, estados y en parte religiones, que las han utilzado durante miles de años para de forma consciente, o inconsciente, controlar a las personas y manejarlas a su antojo, recurriendo todo tipo de ideas infundadas y supercherías, auténticas tonterías y mentiras que han supuesto las reglas más estrictas para las vidas de los habitantes del planeta durante siglos y siglos, descraciadamente hasta hoy mismo en algunos lugares del mundo. La ciencia ha derrumbado la mayor parte de estas limitantes ideas y nos ha permitido ser más conscientes de la realidad, no dejarnos engañar (al menos en parte) como lo habían hecho hasta ahora, y ser libres para tomar nuestro propio camino en cuanto a formas de ver la vida, en qué creer y en qué no hacerlo. Tenemos información para no engañarnos a nosotros mismos en muchos aspectos en los que sería fácil caer. ¡Millones de gracias a todas las personas que han dedicado sus vidas a hacernos libres!.

Una de las grandes limitaciones de la historia para la sociedad han sido la mayor parte de las religiones, que han impuesto algunas buenas normas basadas en el respeto y la ayuda a los demás. Han sido útiles porque han permitido tejer un entramado social estructurado y el progreso, pero haciéndonos pagar un importante peaje. Mucho de este esfuerzo, miles de millones de vidas entregadas, ya sea devocionalmente o en guerras religiosas por Dioses en los que ya hace muchísimos años que nadie cree, miles de millones de personas limitadas por el miedo en cuanto a su comportamiento y explusados o asesinados por pensar “lógicamente” y no dejarse llevar por los demás, por tratar de hacer avanzar a sus conciudadanos… y todas las religiones han ido cayendo y desapareciendo.

Incluso pensando en las religiones actuales, me pregunto, en mi limitada capacidad de razonamiento, cómo un Dios como los que nos propone el Catolicismo, el Islam o el Judaismo (por poner los ejemplos más importantes, pero la situación es peor en las sectas), un Dios consciente de nuestras limitaciones como personas, un Dios consciente de lo fáciles de engañar que resultamos por las supersticiones, ideas infundadas, o cualquier buen comunicador que quiera vendernos una idea o producto, y más si está respaldado por los intereses económicos o políticos… Cómo esos Dioses depositan sus bases en algo tan absolutamente abstracto como la “Fé” y pobre de quien no crea en ellos, porque está castigado para toda la eternidad, (severo castigo para alguien que sólo ha cometido el error de tener sus propias creencias, ya sea por sí mismo o por lo que le ha transmitido la sociedad en la que vive). Esto es muy difícilmente sostenible, tanto desde la razón, como desde el “espíritu” ¿no crées?.

Personalmente creo en Dios, creo que, si existe la vida, si existe el Universo es gracias a este Dios, al que no puedo poner nombre, cara ni forma. Dios es la vida, el amor desinteresado, y forma parte de nosotros. Somos seres vivos, quizás el estado más “elevado” que puede tener la materia y siento que Él nos ha dado la vida, y por tanto está en nuestro interior. Por ello probablemente sea posible encontrarlo desde la introspección y desde el amor a los demás, desde la completa humildad.

Lo que te puedo decir es que en ese momento de introspección, navegando bajo las estrellas de ese Universo inabarcable, me sentí en casa de Dios, unido a él y unido a todos.

Perdón si te he aburrido con este rollo, filosófico, científico, religioso. No es mi intención hacer cambiar a nadie en absoluto su forma de ver la vida, sino que quería compartir contigo este sentimiento y que me conozcas un poquito mejor, ya que normalmente no soy muy hablador.

Fuí saliendo poco a poco de experiencia “universal” y fueron apareciendo, ya entrada la madrugada, nuevos faros en el horizonte, destacando el faros del Cabo de Berbería. Posteriormente el amanecer, el tránsito de la oscuridad a la tenue luz azulada que gana intensidad y se va aclarando hasta el impresionante amanecer del Sol (probablemente el primero de los dioses de la historia, ja, ja, ja)

Unos delfines vinieron a darme la bienvenida a Formentera en este gran amanecer. Temprano, con el sol ya calentándome del húmedo frío de la noche en el mar, llegué a la caleta que hay poco antes del Puerto de la Savina, donde me amarré a una boya para darme el primer baño de estas vacaciones en las cristalinas aguas y descansar hasta la llegada de los primeros amigos que vería en estos inolvidables días de vacaciones en los que estaría con Gabriela, Paloma, Nacho, Álex padre e hijo, Lisa, Nicolás y Pilar.

¡Gracias!
Fernando.
Anuncios