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Viaje al interior: la Cueva de las Palomas

Cuando haces algo nuevo para ti, algo que no sabes si podrás conseguir y que requerirá que des lo mejor de tus habilidades o capacidades, consigues mucho más de lo que te has propuesto. Habrás roto un límite mental. Cuantos más límites mentales rompas, en una dirección correcta, más te sorprenderás de quien eres. Da igual si lo que te propones es fácil o difícil para el resto de la gente, sólo importa lo que significa para ti.

Zona de entrada a la Cueva

Hacía años que me hablaban de una cueva en Mallorca, a la que se accedía  desde el mar, sumergiéndose en la entrada para pasar a una gran sala y que, conforme te ibas introduciendo en la cueva, se iban atravesando varios lagos con fantásticas formaciones de piedra. Incluso había versiones que decían que esta cueva no se había llegado a explorar del todo, lo cual incrementaba mi interés.
No coincidió la ocasión y no tuve la oportunidad de visitar esta cueva con mis padres y con nuestro amigo Mitus, que eran quienes conocían la situación y me habían hablado de ella en primer lugar. Así quedó este lugar guardado en la memoria, como una “aventura pendiente”. Hoy, por fin, 30 de octubre del 2010, unos veinte años después, he podido cumplir este pequeño sueño.

La oportunidad de pasar un par de días libres en Mallorca, tras un trabajo, me daban la posibilidad de buscar una buena ruta de cualquier tipo, de entre las muchas que ofrece esta isla. Por otro lado, hará algunas semanas, mi amiga Ruth me envió algunas fotos de una cueva que le había encantado durante un viaje a Mallorca. Lo que me contó de la cueva  coincidía perfectamente con la descripción que guardaba en mi cabeza, así que me interesé por los detalles y la posición exacta. ¡Gracias Ruth!

No tenía toda la equipación necesaria, así que ayer me acerqué a una tienda náutica para comprar una bolsa estanca y una linterna sumergible. La bolsa no fue demasiado problema, pero la linterna que me ofrecían era demasiado cara, al final terminé comprando una linterna mucho más sencilla, no sumergible, pero que iluminaba bastante bien, sobre todo para costar 7 €. Tenía un frontal (no sumergible) y quería una segunda linterna por seguridad (quedarte sin luz en una cueva grande puede suponer un problema serio). Hubiese sido mucho mejor la linterna sumergible que tenía en Altea, pero allí estaba, en Altea… También se me olvidaron las gafas de bucear, pero eso era mucho menos importante.
Por cuestión de trabajo y de equipaje en el avión, a última hora decidí no llevar la cámara grande de fotos, me valdría con la pequeña. Como suele ocurrir, me quedé sin batería y, casi sin cámara, dentro de la cueva.
Por la posición que me había dado Ruth, pude saber el nombre de la cueva y quise informarme lo más posible sobre las características de la visita. En absoluto soy un experto espeleólogo, ni tengo un buen equipo, así que mejor saber dónde me iba a meter. La cueva resultó llamarse Cova des Coloms (la cueva de las palomas).
Me desilusionó un poco ver que no era tan grande como la había creado en mi cabeza, gracias a los relatos del pasado. “Sólo” tenía 3 lagos y, en realidad no se trata de una cueva muy larga en distancia, pero distintas fuentes la calificaba como de gran interés por el número y la calidad de las formaciones que en ella se pueden encontrar.
Tras un buen desayuno en el Hilton Sa Torre, un fantástico hotel construido con la base de una típica posesión mallorquina, que a su vez se asentó sobre una antigua torre de defensa, inicié la aventura, con motivación y algo de respeto, ya que no sabía cómo estaría el mar en la entrada de la cueva. La previsión era de lluvia y viento.
Ya había visitado alguna cueva en la misma zona, por lo que sabía bien cómo llegar. Dejé el coche en el inicio de la ruta a pié, cargué la mochila con lo necesario y me puse a andar, por suerte por el momento no llovía. El camino desciende hasta cala Varques. En esta bonita cala hay otra cueva interesante, más pequeña, pero también bonita. Creo que se llama “La cueva del Pirata”. En verano hay gente que vive en la entrada de la misma, pero no hay problema para pasar y visitarla.
A la izquierda de la cala sale un camino de subida, que asciende y te lleva por el borde de un acantilado por el que suelen haber escaladores que aprovechan la profundidad de la cala para hacer escalada libre (sin cuerdas). Si se caen, lo que sucede habitualmente, caen directamente al mar. La altura es considerable, unos 20 metros. Me impresionó una escaladora en el acantilado, se tiró al mar sin pensárselo dos veces para iniciar la vía desde el agua. Os aseguro que 20 metros dan para que se te encoja el estómago si tienes que saltar.
Siguiendo el camino se llega a otra pequeña calita de aguas turquesas, esta sin playa de arena. Los escaladores habían colocado una cuerda atravesando la cala, a poca altura sobre el mar, para practicar el equiibrio como auténticos funanbulistas. También hay vías de escalada en esta zona.

Bordeando la cala se llega a otro espectáculo natural, un gran arco de piedra sobre el mar. El “puente” que forma es ancho, por lo que se atraviesa perfectamente sin riesgo alguno.

Algo más adelante se llega a los acantilados de Cala Falcó, estos aún más altos. El día estaba ya bastante gris.
¡Vaya! en la playa había un gran grupo de gente poniéndose los neoprenos para visitar la cueva. Eran 12 personas. Quería visitar la cueva con tranquilidad, sentir su energía y la absoluta tranquilidad que imaginaba en su interior. Hacerlo con un grupo tan numeroso sería perder gran parte de la magia del lugar, así que me dispuse a esperar un buen rato, tendrían que terminar de prepararse, nadar hasta la cueva, visitarla y salir. Es decir, mucho rato…
Me senté en el acantilado y difruté del mar, mirarlo y sentirlo sin tener nada que hacer. Al menos no llovía, y aún con algo de fresco, se estaba bien.
Primero ver las evoluciones del grupo en el agua, habría unos 250 metros desde la playa hasta la zona de la entrada a la cueva, y luego, aprovechar para meditar, escuchando el mar golpear sobre la roca.

Después de un rato abrí los ojos y ví una paloma justo en el borde del acantilado, mirando tranquilamente al mar, impasible ante mi presencia. Se trata de la Cueva de las Palomas y esta, lógicamente, debía estar en su casa.
No volví a ver ninguna otra paloma en la entrada, pero esta no se movió durante el tiempo que estuve esperando, ni siquiera al proseguir el camino, aunque pasé muy cerca de su lado.
No miré el reloj, pero más de una hora después, descendí hasta la cala y me comencé a preparame. Podía haber visitado la otra cueva que hay en esta cala, pero prefería ahorrar baterías de las linternas y la cámara.
Me puse en neopreno y guardé las cosas de valor y la cámara en la bolsa estanca. Me llevé también la ropa por si se ponía a llover que no se empapase todo.


Como una hora y media desde que el grupo se metió en el agua lo hacía yo. Por suerte, a medio camino de la parte acuática de la aventura, e grupo salió de la cueva, así que me los crucé nadando.

La bóveda que da paso a la cueva es enorme, con colores grises oscuros, el cielo completamente nublado y un poquito de mar, pero si no rolaba el viento no habría problemas para entrar y salir de la cueva.
Llegó el momento de la verdad… la grán bóveda daba paso a un pasadizo hacia la derecha, que se iba reduciendo progresivamente en tamaño, hasta que…
Se acababa!!!

Por lo que había leído, había un paso que dejaba unos 30cm de altura entre el agua y la roca. Suficiente para pasar sin tener que bucear. Eso, desde luego no estaba por ningún sitio. En una ola pude ver, durante un momento, una zona donde la cueva parecía continuar, y noté algo de corriente de aire. Lógicamente debía ser por allí. O bien no había leído bien la descripción de la cueva o bien, con la borrasca que se aproximaba, había bajado la presión y había subido algo el nivel del mar.
El problema era que no tenía linterna sumergible, me lamenté de no haber comprado la fantástica y carísima linterna que me ofrecieron en la tienda. ¿Podría continuar o todo acabaría ahí?
Con algo de oleaje e incertidumbre, abrí la bolsa estanca para sacar la linterna de leds. La apreté todo lo posible y me dispuse a pasar al otro lado. No tenía referencia del tiempo que debería bucear. Esperaba que no fuese mucho, ya que sin gafas, sin luz y teniendo que llevar en una mano la bolsa estanca, podía ser un poco agobiante.
Volví a cerrar la bolsa estanca como pude, y la pasé un poquito hacia adentro de la cueva aprovechando el vacío de una ola. Mi idea era no encender la linterna  e ir palpando el techo con las manos hasta que se abriese la bóveda de la cueva. Así lo hice y, por suerte, resultó muy sencillo, no habría más de medio metro, un instante, hasta que la cueva se abría por el interior. Encendí la linterna, que había sobrevivido, y ví a pocos metros una especie de playa de marmol, con bastantes algas, aún con el techo bajo. Tras esta zona de “desembarco”, apareció una sala que se iba ganando altura progresivamente.
Me dí cuenta de que la bolsa pesaba algo más que antes del proceso de “inmersión”, así que la abrí rápidamente e intenté sacar urgentemente la cámara, el frontal y el móvil. Por suerte todos ellos habían sobrevivido al agua que había entrado al no cerrar correctamente la bolsa. La cámara estaba bastante mojada, pero se encendió. Eso sí, la ropa que los protegía estaba empapada, bueno, un problema menor.


Comencé la ruta en el interior de la cueva. Sin ver demasiado el fondo de la sala (el frontal no daba para mucho), sí se veían algunas formaciones de roca con estalactictas que iban desde el techo al suelo, otras se quedaban cerca de este. Era la bienvenida . La sala resultó ser enorme, se hacía más ancha y elevada conforme se avanza por un suelo de arena. Algo más adelante de la misma sala, una magnífica formación central, unía el techo y el suelo.


Dejé allí la bolsa, aunque hubiese sido mejor dejarla en la entrada. El techo de esta sala está repleto de finísimas estalactitas, y muchas de ellas brillaban al iluminarlas, por lo que claramente continuaban en proceso de formación con el agua que se filtraba por la roca. El efecto era espectacular.
Las paredes están repletas de increíbles formas creadas por la naturaleza, miles y miles de estructuras que no sólo iban de arriba a abajo, sino que tenían delicadas formas que cecían perpendiculares a las estalactitas de las que partían, imagino que formadas por algún tipo de capilarización.


Ascendí algo por la formación central para admirarla de cerca. Tras hacer algunas fotos, la cámara se bloqueó, la perdí… El agua había sido demasiado para ella.
Había leído que era mejor iniciar la visita de la cueva por la izquierda, así que me dirgí hacia ese lado desde donde estaba. Busqué y ví una grieta que daba paso a un lago, pero estaba bastante abajo, el paso no era nada fácil. Había unos dos metros de caida hasta el agua, y si me bajaba por ahí había peligro de que dañase alguna estalactita, y no estaba dispuesto a eso. Así que volví hacia atrás y busqué otro paso.


Descendí desde la formación central por donde había subido y busqué otro paso hacia el lago. Estaba allí mismo, mucho más fácil. Me metí en el lago para avanzar por él. Era espectacular, tanto por las formas en sus paredes, como por las soprendentes formas que partían del agua hacia arriba, prueba de que durante cientos o miles de años la cueva existía, pero ese lago no estaba, así que o bien la cueva se inundó posteriormente por el ascenso del nivel del mar (que después volvió a bajar) o bien las filtraciones fueron llenando tanto este como el resto de lagos de la cueva.


Probé el agua y era bastante dulce, quizás algo de sal, pero muy poca. Tenía incluso buen sabor. Así que lo de la inundación de la cueva no me quedaba claro.
¡Qué rabia lo de la cámara de fotos!, me quedé admirando cada detalle. Quería moverme principalmente con el frontal y reservar la linterna de leds para los momentos que fuese más necesaria, ya que no sabía cuánto tiempo estaría en la cueva, y si no le habría entrado agua a la linterna, pero había tanto que ver, que casi todo el tiempo tenía las dos fuentes de luz encendidas.
Tras un estrecho paso entre dos estalagmitas, se accede a una zona algo más ancha y profunda del lago. Decidí, mientras nadaba, apagar todas las luces y quedarme completamente a oscuras y en silencio. Toda una sensación la de estar en la total oscuridad, sin referencias, flotando en el agua.

Para avanzar por la cueva hay que trepar por una rampa que hay a la izquierda, esto da paso al lago mayor de la cueva. Este está situado algo más alto que el anterior y es bastante mayor. Está en una cámara aún más grande y alta que la de la entrada y tiene también una zona central con grandes formaciones que van desde el techo al suelo. El techo tiene finas estalactitas por todas partes. Desde luego la cueva es espectacular.

Curiosamente, en relación al resto de la cueva, la pared izquierda, que delimita el lago, no tiene formaciones, pero sí una extraña ancha línea horizontal oscura que da toda la impresión de marcar un antiguo nivel del agua. Algo más de un metro por encima del nivel actual ¿A qué se deberá la diferencia de nivel?. ¡Hay tantas cosas que me gustaría entender en cada pequeño detalle!

Desde luego que la vida es un regalo, sobre todo si disfrutas de las cosas más pequeñas y sencillas. Probablemente es la mejor forma de valorar las más grandes.

El recorrido por este lago se hace también nadando en buena parte, y es semi ovalado, dando la vuelta a una gran gran estalactita que recuerda a la película “Alien”.
Tras recorrer el lago se sale a “tierra”. A cada paso hay mucho por admirar y disfrutar… Continuando el recorrido se llega al tercer lago, este más pequeño y algo menos espectacular si lo comparamos con los anteriores, pero también bonito.
A la salida del lago hay un paso estrecho que nos conducirá de nuevo a la sala inicial, pero llegando por el otro lado.
Al recoger la bolsa volví a probar la cámara y, sorprendentemente, volvió a la vida, por lo que decidí hacer una segunda “vuelta” a la cueva, y poder hacer algunas fotos.
En este caso la batería no duró demasiado, pero pude hacer alguna foto y video. En este segundo recorrido llegó una pareja de Alemanes, por lo que tuve un poco menos de tranquilidad en la cueva.
Para salir, volver a bucear un poquito y a salir nadando de la grieta, con el espíritu más lleno de belleza. Admirar con otros ojos la entrada de la cueva y nadar de nuevo hacia la playa, con el mar más picado que a la llegada.

Aún con la ropa mojada y el viento, los 40 minutos de regreso al coche fueron fantásticos, con la satisfacción de haber vivido una gran experiencia en el interior de la tierra, un regalo de la Naturaleza, y de haber roto otro límite.

Recomendaciones:

  • Llevar al menos dos linternas acuáticas.
  • Si las condiciones del mar son malas, no intentar acceder a la cueva.
  • Si estás mucho tiempo en la cueva, asegúrate de vez en cuando de que las condiciones del mar no cambian. Te podrías quedar atrapado en la misma.
  • Ten el máximo cuidado por no romper, ni siquiera tocar nada. Las múltiples visitas a la cueva suponen presión para la misma. A poco daño que haga cada persona, el daño sería muy importante.

En la casa de Dios

Venimos del mar…

Es sorprendente que, pese a los centenares de miles de años de evolución, en cada uno de nosotros aún quedan importantes muestras de que provenimos del mar, pese a que no somos conscientes de ello. Desde el hecho de que la densidad de nuestro cuerpo es prácticamente idéntica a la del mar, nuestra sangre tiene una composición de sales igual a la que se cree era la de los océanos en la que se generó la vida y que en ella hay una importante concentración de sal. Durante nuestra formación humana vivimos 9 meses en el líquido amniotico y un recién nacido se encuentra en su elemento si se le sumerge en agua, posee el reflejo de inmersión y puede realizar la apnea de forma completamente natural. Sólo con sumergirnos en el mar nuestra frecuencia cardiaca se reduce, disminuye la presión sanguínea y el aparato locomotor se relaja. Las personas que realizan el deporte de la apnea pueden experimentar el reflejo de vasoconstricción periférica selectiva, que traslada el oxigeno a las zonas del cuerpo de más lo necesitan, además de la reducción del metabolismo de oxigeno y nos permite sumergirnos a más de 200 metros de profundidad sin oxigeno y tener en esas condiciones un ritmo cardiaco de menos de 10 pulsaciones por minuto. Los médicos han detectado elementos químicos que el cuerpo ha tenido que crear para evitar la deshidratación al haber abandonado el mar, entre otros muchísimos efectos relacionados con nuestra naturaleza originalmente marina.
¿Aún te extraña sentirte tan bien después de un baño?

Los que vivimos lejos del mar, como es mi caso, hemos de sufrir estas carencias mucho más. Espero que llegue el día en el que pueda trasladarme a la costa y vivir en mayor conexión con él. Desde que tengo uso de conciencia sé que el mar es mi elemento, donde  mejor me siento, me transmita a la vez energía, felicidad y paz.

Llevo navegando desde los 13 o 14 años, cuando mi padre compró nuestro primer velero, un 31 pies y unos años más tarde hice la carrera de Marino Mercante. En todos estos años (en el momento de escribir estas líneas tengo 43), he navegado bastante. Sin embargo se me presentaba una ocasión que le imprimía un carácter diferente, más aventurero. Era la primera vez en que cruzaría desde Altea a Formentera navegando en solitario.

La falta de días por la que se caracterizan todas las vacaciones, hacía que hubiese que preparar el barco en poco tiempo. Por suerte mis padres, que viven en Altea, habían hecho la mayor parte del trabajo. Tienen una de las mejores empresas de alquiler de veleros de la zona (por lo bien que tratan a los clientes y por lo cuidado que tienen de los barcos: Altea Vela – http://www.alteavela.com). Habían trabajado bastante en los días previos, sobre todo colocando una “red” en los candeleros del Vatulele, de forma que mi ahijada Gabriela de sólo dos años, la hija de mis grandes amigos Paloma y Nacho, con quienes pasaría la primera parte de las vacaciones, se pudiese mover con seguridad en este velero de 40 pies.
Una vez tuve todo preparado, con los depósitos de agua y combustible completos, la compra de provisiones para bastantes días realizada y arranchada (la idea era dormir en puerto lo menos posible para disfrutar de la Naturaleza y la sensación de libertad que sólo un velero puede transmitir) y revisada por última vez la previsión meteorológica, bajé al barco con una cena especial preparada por mi madre, para iniciar la travesía de unos 15 días por Ibiza y Formentera.

Serían sobre las 20:30h cuando salía por la bocana del puerto de Campomanes. Estando sólo en este barco, el proceso de izado de la mayor es un tanto lento y me llevó algo de trabajo. Tras ello me dirigí a la zona exterior del Peñón de Ifach, lugar donde podría tomar ya el rumbo directo a Formentera.

Hubo suerte y un Levante suave me permitió sacar también el Génova, así que ya estaba navegando a vela rumbo a las Baleares.

La dificultad más importante de navegar en solitario no es el manejo del barco, ya el piloto automático te ofrece cierta libertad de movimientos. El problema es que cualquier despiste o problema que te haga caer al agua, lo que con más tripulación no supondría mucho más que un baño (siempre que alguien te haya visto caer), en estas condiciones implica desaparecer en el mar con casi total seguridad, ya que en el barco no queda nadie para volver a por tí, y este seguirá navegando manteniendo el rumbo marcado…
Una “línea de vida”, que es una cinta que te mantiene unido al barco en caso de caida al agua, me temo que es aún peor solución navegando solo, ya que la velocidad del barco no te permite luchar contra la corriente que este genera, ni subir al mismo y te arrastraría, haciéndote bastante difícil respirar y, te golpearía continuamente con el casco,

Así que el secreto es tener la máxima prudencia al moverte por cubierta para no caer al agua bajo ninguna circunstancia. Desgraciadamente incluso muy experimentados navegantes han desaparecido de esta forma.

Poco después de pasar el Peñón la noche era ya completamente cerrada y no mucho después ví las luces de un extraño barco que se acercaba por babor, un remolcador, arrastrando lentamente algo realmente grande. Con las marcaciones que fui realizando calculé que podría pasar por su proa, aunque algo justo de margen. Lo hice para no tener que realizar lo que sería una lenta maniobra para rodearle. Al irme acercando ví que larguísima hilera de luces que arrastraba, calculaba que habría más de media milla desde la proa del remolcador hasta el final de lo que estuviese arrastrando, correspondía a varias grandes gabarras, unidas la una a la otra, como si se tratase de un tren con varios vagones, separados los unos de los otros. Probablemente me había quedado corto en cuanto a sus dimensiones totales, el “convoy” era enorme.

Poco a poco las luces de la costa van desapareciendo conforme te adentras en el mar. Las últimas en desaparecer son las de las casas en las montañas y, finalmente, las de los faros más importantes, el del Cabo de San Antonio y el de la Nao.

Al final llega un momento en el cual también los faros desaparecen en el horizonte, y me quedo sólo, sólo rodeado de millones de estrellas en un negro cielo, navegando sobre un negro mar. Al desaparecer las referencias, con un poco de imaginación puedes sentirte navegando por el espacio, como si estuvieses en una nave espacial rumbo a alguna de esas estrellas.

Pensándolo bien, no es una situación imaginada, sino que, sin las luces, los sonidos, las construcciones humanas, sin referencia siquiera de montañas, árboles ni nada bajo tus pies, eres, desde un punto de vista, auténticamente consciente de una realidad que nunca o raramente tenemos presente, y es que estamos “navegando” por un universo cuyas dimensiones y contenidos somos absolutamente incapaces de comprender con nuestra mente. Nos pasamos toda la vida navegando por este inimaginable universo, subidos en una enorme “nave” espacial llamada Tierra.

Nadie, ni siquiera los científicos, con los todos los medios tecnológicos de los que disponemos, pueden realizar un calculo aproximado del número de galaxias y estrellas que pueden existir en el universo (y para colmo, todo lo observable y medible, no llega ni siquiera al 4% de la materia y energía que forma el Universo. Según los cálculos, la inmensa mayoría de lo que nos rodea en este universo está formado por una materia y una energía de la que no conocemos absolutamente nada, la “materia y la energía oscura”. Si, de lo que somos conscientes, ese 4% de la materia y energía, aún desconocemos casi todo, y del 96% restante no sabemos nada, probablemente deberíamos ser más humildes y respetuosos en todos los sentidos, como personas y como “humanidad”.

Allí estaba yo (como lo estás tú en este momento, quizás aun no siendo consciente de ello), navegando por las estrellas a cientos de miles de kilómetros por hora. Algunas de ellas me resultan muy conocidas, e incluso tengo la imagen mental de cómo son, de sus fantásticas agrupaciones y formas gracias a las fotos de los telescopios, pero una formación destaca única en el firmamento sobre las demás, la gran vía láctea, nuestra Galaxia. Esta galaxia, gigantesca para nuestra mente, es solo úna más entre miles de millones, separadas entre sí por distancias tremendas, y actúa como un gran árbol que no nos deja ver el bosque), brilla impresionante sobre mi cabeza. Sólo ir de una punta a otra nos llevaría más de 100.000 años si fuesemos capaz de viajar a la velocidad de la luz.

¡Qué espectáculo!, las estrellas me envolvían y comenzó a sonar la canción “God Moving Over the Face of the Waters” de Moby (algo así como “Dios moviéndose sobre la cara de las aguas”), estaba claro, estaba en la Casa de Dios.

Este tipo de situaciones nos lleva a todos a hacernos preguntas “filosóficas”, también yo me puse a pensar en ello, al poco rato ya no pensaba sólo “sentía” el Universo.

Le debemos mucho a la Ciencia, no sólo gracias a ella la medicina ha avanzado como lo ha hecho, permitiéndonos tener una calidad de vida que nuestros antepasados no podrían imaginar, así como en el resto de campos del conocimiento. Pero desde mi punto de vista la gran aportación de la ciencia, por encima de cualquier otra, es que nos ha hecho libres,  como personas y como sociedad (al menos en buena parte del planeta). La Ciencia nos ha liberado de muchísimas supersticiones, personas, organizaciones, estados y en parte religiones, que las han utilzado durante miles de años para de forma consciente, o inconsciente, controlar a las personas y manejarlas a su antojo, recurriendo todo tipo de ideas infundadas y supercherías, auténticas tonterías y mentiras que han supuesto las reglas más estrictas para las vidas de los habitantes del planeta durante siglos y siglos, descraciadamente hasta hoy mismo en algunos lugares del mundo. La ciencia ha derrumbado la mayor parte de estas limitantes ideas y nos ha permitido ser más conscientes de la realidad, no dejarnos engañar (al menos en parte) como lo habían hecho hasta ahora, y ser libres para tomar nuestro propio camino en cuanto a formas de ver la vida, en qué creer y en qué no hacerlo. Tenemos información para no engañarnos a nosotros mismos en muchos aspectos en los que sería fácil caer. ¡Millones de gracias a todas las personas que han dedicado sus vidas a hacernos libres!.

Una de las grandes limitaciones de la historia para la sociedad han sido la mayor parte de las religiones, que han impuesto algunas buenas normas basadas en el respeto y la ayuda a los demás. Han sido útiles porque han permitido tejer un entramado social estructurado y el progreso, pero haciéndonos pagar un importante peaje. Mucho de este esfuerzo, miles de millones de vidas entregadas, ya sea devocionalmente o en guerras religiosas por Dioses en los que ya hace muchísimos años que nadie cree, miles de millones de personas limitadas por el miedo en cuanto a su comportamiento y explusados o asesinados por pensar “lógicamente” y no dejarse llevar por los demás, por tratar de hacer avanzar a sus conciudadanos… y todas las religiones han ido cayendo y desapareciendo.

Incluso pensando en las religiones actuales, me pregunto, en mi limitada capacidad de razonamiento, cómo un Dios como los que nos propone el Catolicismo, el Islam o el Judaismo (por poner los ejemplos más importantes, pero la situación es peor en las sectas), un Dios consciente de nuestras limitaciones como personas, un Dios consciente de lo fáciles de engañar que resultamos por las supersticiones, ideas infundadas, o cualquier buen comunicador que quiera vendernos una idea o producto, y más si está respaldado por los intereses económicos o políticos… Cómo esos Dioses depositan sus bases en algo tan absolutamente abstracto como la “Fé” y pobre de quien no crea en ellos, porque está castigado para toda la eternidad, (severo castigo para alguien que sólo ha cometido el error de tener sus propias creencias, ya sea por sí mismo o por lo que le ha transmitido la sociedad en la que vive). Esto es muy difícilmente sostenible, tanto desde la razón, como desde el “espíritu” ¿no crées?.

Personalmente creo en Dios, creo que, si existe la vida, si existe el Universo es gracias a este Dios, al que no puedo poner nombre, cara ni forma. Dios es la vida, el amor desinteresado, y forma parte de nosotros. Somos seres vivos, quizás el estado más “elevado” que puede tener la materia y siento que Él nos ha dado la vida, y por tanto está en nuestro interior. Por ello probablemente sea posible encontrarlo desde la introspección y desde el amor a los demás, desde la completa humildad.

Lo que te puedo decir es que en ese momento de introspección, navegando bajo las estrellas de ese Universo inabarcable, me sentí en casa de Dios, unido a él y unido a todos.

Perdón si te he aburrido con este rollo, filosófico, científico, religioso. No es mi intención hacer cambiar a nadie en absoluto su forma de ver la vida, sino que quería compartir contigo este sentimiento y que me conozcas un poquito mejor, ya que normalmente no soy muy hablador.

Fuí saliendo poco a poco de experiencia “universal” y fueron apareciendo, ya entrada la madrugada, nuevos faros en el horizonte, destacando el faros del Cabo de Berbería. Posteriormente el amanecer, el tránsito de la oscuridad a la tenue luz azulada que gana intensidad y se va aclarando hasta el impresionante amanecer del Sol (probablemente el primero de los dioses de la historia, ja, ja, ja)

Unos delfines vinieron a darme la bienvenida a Formentera en este gran amanecer. Temprano, con el sol ya calentándome del húmedo frío de la noche en el mar, llegué a la caleta que hay poco antes del Puerto de la Savina, donde me amarré a una boya para darme el primer baño de estas vacaciones en las cristalinas aguas y descansar hasta la llegada de los primeros amigos que vería en estos inolvidables días de vacaciones en los que estaría con Gabriela, Paloma, Nacho, Álex padre e hijo, Lisa, Nicolás y Pilar.

¡Gracias!
Fernando.